A tiempo, llegaron a la orilla tus mensajes subliminales. Y
borraron, de pronto, nuestras iniciales en la espuma.
Siempre competíamos por ver quién creaba la mayor
disonancia. Ya conocíamos la respuesta. No ibas a ser tú; a ti te era
indiferente. Sólo jugabas por acompañarme.
Al final, la gran campanada se derritió sobre nosotros,
dejando en tu piel y en la mía un río sólido de sensaciones que ya no estaban
allí.
Pero como ya he dicho, todo llegó a tiempo.
Pudimos salvar nuestras vidas.
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