Me encuentro en la tesitura de tener las palabras exactas y no poder usarlas.
Y la sangre hirviéndome en las venas como ahora sólo me pasa en aislados casos, en los que me hago pasar por una niña a la que hay que reñir. Desde luego, parece que las patadas en el culo me las busco yo, que me gustan o algo. Después de todas las montañas rusas, con sus loopings y sus caidas vertiginosas —y sus respectivas subidas venenosamente lentas (que te hacen recordar cosas que nunca has sido, pero que terminas creyendo que sí)— estoy donde empecé, pero sin hablar en plural, que eso es para principiantes, y yo tengo la experiencia teórica de los que nos sabemos la tonada pero suspendemos el examen. Está resultándome francamente inexplicable tanta vuelta atrás. Tanto tokotók encabritado en el pecho y tantas lágrimas gilipollas como las otras veces. Ya te digo, me conozco de sobra el camino pero no me sale recorrerlo. Apenas entiendo ya el diseño, las pautas, no encuentro relación lógica entre lo que es y lo que debería, lo que —como ya he dicho—, sé perfectamente decir y voy a callar de por vida.
Pues claro que soy una gilipollas, pero ¿en qué momento lo he negado?
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