Pasé siglos y siglos exaltándome ante las estatuas de plomo que se presentaban ante mí con terribles maravillas de cristal.
Ahora, no importa si eres cristal o si eres plomo, sencillamente no te voy a ver. No voy a dejar que traigas a mi vida tus influencias de bien y de mal. No voy a perder el equilibrio.
O quién sabe, tal vez no perder el equilibrio es la manera más febril y vanidosa que hay de hacerlo.
Caer y fingir que se está erguido.
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