Pero demasiado deprisa, con ansia, como si lo que importase fuera el número de veces y no el cómo.
No nos detenemos a pensar cada aliteración, cada metáfora que tenemos ante nuestros ojos.
Con suerte, sólo en el mejor de los casos, nos molestaremos en describir lo que estamos viendo directamente, e incluso así habrá cosas que no digamos porque, claro, hay protocolos que respetar.
Y luego los detendremos a pensar, y también tendremos un filtro en nuestra mente que nos impedirá ver lo que en realidad está existiendo, donde estamos existiendo.
Pero toda esta velocidad, todas estas ojeadas rápidas al universo, estos amagos de profundidad que hacemos en nuestros ratos libres, al fin y al cabo no nos están llevando a nada.
Porque deberíamos estar dedicando los ratos libres a los pensamientos superficiales, deberíamos estar completamente sumergidos en el universo.
Y detenernos a pensar sin censuras, qué, cuándo, cómo y en quién pienso en sólo cosa mía. Y si no me gusta lo que veo, por lo menos tendré la oportunidad de reconocérmelo a mí mismo.
Molestarnos en describir qué es lo que hay detrás de lo que está pasando, y no sólo el hecho así, buscar las consecuencias. ¡Qué más da lo establecido!
Tendríamos que ir a paso de tortuga, planteándonos cada diminuta mini-cosa que ocurra a nuestro alrededor y dentro nuestra, y sin escatimar en tiempo, porque tenemos todo el del mundo.
La vida terminaría analizándonos a nosotros.
No hay comentarios:
Publicar un comentario